Sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo

Quería dejar constancia –antes de que se sancione o no la ley– de que estoy a favor de que el Estado argentino reconozca el derecho que sí tienen las personas del mismo sexo a contraer matrimonio civil. En cuanto a mí concierne, los matrimonios homosexuales (y sus hijos) deben tener los mismos derechos y obligaciones que los heterosexuales.

Para serle transparente a quien me lee, soy heterosexual, católico pero no practicante, y algunos días creo en Dios, otros no; tengo dudas. Pero ante todo, no soy hombre ni soy mujer: soy persona. Y en lo que concierne a esta ley, soy un ciudadano como cualquier otro.

No me importan las preferencias sexuales de los demás. Hablando en criollo, cada cual hace de su culo un florero y pone la flor que más le gusta. Entiendo que la Constitución no prohíbe el matrimonio homesexual, y por lo tanto, la ley debe permitirlo. “Las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios, y exentas de la autoridad de los magistrados. Ningún habitante de la Nación será obligado a hacer lo que no manda la ley, ni privado de lo que ella no prohíbe.” (Art.19 de la Constitución Nacional)

Me parece que para resolver este tema lo correcto sería –como le escuché decir a la diputada Elisa Carrió– quitar del Código Civil la palabra “matrimonio” dejándola para el ámbito religioso, y utilizar en su lugar un término como “unión civil”, con los mismos derechos y obligaciones para todos, como corresponde a un estado de derecho, laico, donde se reconoce la igualdad ante la ley y se prohíbe la discriminación de todo tipo, la sexual incluida. Las palabras “padre” y “madre” deberían ser remplazadas por “cónyuge”, “contrayente” o similar.

La verdad es que nunca me había planteado este tema. Para mí –como para la mayoría– era como “invisible”. No discriminaba activa o positivamente, creo, pero nunca me había puesto a pensar en todo un conjunto de situaciones y en cómo éstas eran vividas y sentidas por una parte de nuestra sociedad.

Sin embargo hoy, después de semanas de exposiciones en los medios masivos de comunicación y en ambas cámaras del Congreso de la Nación, puedo poner en palabras aquello de lo que nunca en mi interior dudé. Lo que más me interesa resaltar, es que todos somos iguales ante la ley, y por otro lado, entiendo que según los creyentes, todos somos iguales a los ojos de Dios, cualquiera que éste sea.

La oposición de la Iglesia Católica (y de algunas otras) como institución y de parte de sus feligreses a este proyecto de ley que pretende reconocer el derecho al matrimonio civil a parejas del mismo sexo, me resulta incomprensible, discriminatoria, prejuiciosa, retrógrada, y peligrosa. Me asusta, me asombra y hasta cierto punto me indigna y me rebela que las personas que se supone debieran ser las más solidarias, las más comprensivas, las más abiertas, las más tolerantes, las más humildes, las que menos juzgan al prójimo, sean precisamente las más cerradas, las más intolerantes, más soberbias, más prejuiciosas, más fanáticas, más pecadoras.

Como dijo Maruja Torres: “Cuanta más gente conozco, mejor me caen los Corleone.” Los supuestamente religiosos son el ejemplo opuesto de todo lo que predican. Entre otras razones, por eso mismo me mantengo alejado de los templos. Hasta donde yo sé, Dios está en todos lados, nos escucha a todos, y no tiene embajadores. ¿No está Dios, acaso, dentro mismo de nuestro prójimo o compatriota, cualquiera sea su preferencia sexual?

No estoy seguro –hoy– de si Dios existe, pero si en este momento bajara a la Argentina, no me cabe la menor duda de qué postura adoptaría. Es más, creo que se haría carne en el cuerpo de un homosexual, un bisexual o un transexual.

Francamente, no he encontrado en las exposiciones que he visto de los senadores, ni en los testimonios de otros políticos, religiosos y ciudadanos en general, argumentos que me lleven a oponerme a este proyecto de ley con media sanción de Diputados.

Me hubiera gustado que se tratara este tema (y otros colaterales) con mayor profundidad y tranquilidad, sin crispaciones, sin chicanas políticas (y descargar las exposiciones en las Cámaras en formato de videopodcasts, por ejemplo) pero la velocidad de vértigo y liviandad con la que se tratan todas las leyes en este país no lo ha permitido. La guerra entre Néstor Kirchner y la Iglesia, y entre oficialistas y opositores ha teñido los debates, aunque hay gente a favor y en contra del proyecto entre ambas filas.

Quién sabe, tal vez la sociedad haya madurado de golpe, o ya estaba madura para el cambio. Tal vez ahora sólo se esté haciendo conciente de la injusticia que se venía cometiendo y que hoy intentamos, al menos algunos, remediar.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s