Tragedia de Once: La corrupción no está sólo en los trenes

Accidente de tren en Once

¿Accidente? de tren en Once (22-02-2012, Buenos Aires).

Ahondemos un poco en las causas del ¿accidente? de tren en la estación de Once y vamos a descubrir que hay culpables, sí, pero también hay otros responsables que nadie menciona.

Muertos: 51. Heridos: 703 (50 de gravedad). Auditorías anticipando el desastre: por lo menos 4. Ningún detenido. Ninguna renuncia. Ninguna explicación oficial. Y todo seguirá igual. En poco más de una semana el tema será sepultado por la vertiginosa realidad periodística argentina, por el aumento de precios o un nuevo escándalo de corrupción, o por una nueva cortina de humo de los medios afines al gobierno, mientras la cuenta regresiva hacia la próxima tragedia continúa.

Accidente de tren en Once

El segundo vagón se incrustó unos 6 metros en el primero. Ambos, repletos de pasajeros. 51 Muertos y 703 heridos.

Pero si bien el poco periodismo independiente que queda se ha dedicado a publicar informes, antecedentes y testimonios que auguraban lo sucedido, no vi ni escuché, ni tampoco leí en ningún lado una sola línea sobre la responsabilidad que le cabe ya no a la empresa concesionaria, a los sindicatos, a los políticos y a quienes debieron controlar, sino a la sociedad en su conjunto, en especial a los votantes (y a los que no quisieron hacerlo). Y específicamente, a los que votaron a estos dirigentes políticos corruptos que tenemos, desde Néstor Kirchner, pasando por Cristina Fernández y Ricardo Jaime (ex Secretario de Transportes de la Nación, ¡ingeniero agrimensor!) hasta Juan Pablo Schiavi (quien ocupa el cargo actualmente, ¡ingeniero agrónomo!). Muchos de esos votantes también viajaban en el tren o tenían familiares, amigos o compañeros de trabajo en ese y en todos los demás trenes que seguirán transitando en iguales condiciones que el siniestrado. Al que le quepa el sayo, que se lo ponga.

Porque esta tragedia –y las que vendrán en el corto y mediano plazo, porque las soluciones, de implementarse, vendrán recién en el largo plazo– como las anteriores, no son culpa del destino, de la suerte, de la fatiga de materiales o del error de un maquinista. Es culpa de un sistema de corrupción que se ha esparcido por la sociedad argentina como el óxido.

Esta afirmación puede parecer exagerada, pero se demuestra con los fríos números de las últimas elecciones presidenciales. La monarca que mantiene aceitado este sistema de corrupción, Cristina Fernández, obtuvo 54% de los calurosos votos y aplausos, mientras que la principal denunciante de la corrupción, tanto en los medios periodísticos como en los tribunales, la diputada nacional Elisa Carrió, recibió menos del 2%. Esto, más que de los candidatos, dice algo de nosotros, los votantes. La corrupción, en realidad, no nos importa.

Inauguración: Cirigliano-Cristina-Schiavi

Inauguración: Cirigliano, Cristina y Schiavi. Corrupción, demagogia populista y falta de idoneidad en un cóctel mortal.

Más allá de las culpas y responsabilidades penales que se resolverán en la Justicia –si la causa no la toma Oyarbide o algún otro juez amigo del Ejecutivo– tenemos que tomar conciencia de la respondabilidad que nos cabe a nosotros, como sociedad. NOSOTROS permitimos y toleramos esta corrupción asesina. Y la votamos. Y la reelegimos. Tenemos que dejar de ser votantes ciegos de un partido o ideología para convertirnos en ciudadanos concientes, con tolerancia cero para la corrupción.

Hay otro problema más profundo debajo de los hierros retorcidos, que son los valores morales con los que vivimos y sobrevivimos todos los días. Y estos, visto está que la familia ya no puede con la tarea, sólo pueden ser implantados en la escuela primaria y desarrollados en los siguientes niveles.

Ah, claro… la educación también está en crisis… No. No nos confundamos: la educación no está en crisis, está en decadencia igual que el resto del país. Vamos deslizándonos lentamente, de manera imperceptible para muchos, en el gran vagón argentino hacia la próxima crisis: económica, política, educativa, sanitaria, externa, de seguridad… y siguen las estaciones –porque la decadencia es una ruta larga que siempre nos puede llevar a un lugar peor– siempre con el mismo paisaje de fondo: la corrupción.

Por eso, simultáneamente a las inversiones en infraestructura ferroviaria tenemos que invertir en formar –no solamente informar o adiestrar– a las mentes de los ciudadanos del mañana. Ya sabemos que se necesita mucho dinero (además de otras cosas) pero la ignorancia nos sale más caro y ya vemos que sólo nos lleva al desastre.

Hay muchas cosas que cambiar en Argentina: vagones, rieles, funcionarios… pero hay que empezar cambiando nuestros propios valores morales, ensayarlos en las calles y ratificarlos en las urnas. ¿O alguien cree que encarcelando a Schiavi y Cirigliano terminarán las muertes sin sentido y esta absurda decadencia argentina? ¿Cuántos más tienen que morir y qué tan bajo nos dejaremos caer a nosotros mismos?

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